La fiesta de San Antonio de Padua, en este rincón del valle de Colchagua, es mucho más que una tradición: es la expresión viva de una comunidad que, después de más de dos siglos, continúa caminando unida en la fe, fortaleciendo sus raíces y renovando cada año su compromiso con el Evangelio.
En Chépica, la fe no es solamente una práctica religiosa. Es también memoria, tradición, encuentro y pertenencia. Así lo demuestra la Parroquia San Antonio de Padua, una de las comunidades más antiguas de la Diócesis de Rancagua, que este año celebra 202 años de historia acompañando la vida de generaciones de familias de la comuna.
Bajo el pastoreo del presbítero Juvenal Galaz Rubio, la comunidad pudo vivir una nueva fiesta patronal de San Antonio de Padua, una celebración que cada año congrega a fieles de distintos sectores urbanos y rurales y que se ha transformado en uno de los acontecimientos religiosos más importantes del valle de Colchagua.
La parroquia está conformada por 17 comunidades distribuidas en distintos puntos de la comuna, algunas ubicadas en sectores rurales alejados, incluso en los cerros. Pese a las distancias y a las diversas realidades que existen entre ellas, todas encuentran un punto de encuentro en la figura de San Antonio de Padua, patrono querido y venerado por generaciones.
Según explica el padre Juvenal Galaz, la comunidad se caracteriza por mantener vivas tradiciones que han pasado de padres a hijos, como las novenas por los difuntos, la participación en las celebraciones litúrgicas y una profunda cercanía con la vida parroquial.
Una parroquia con intensa vida sacramental
La vitalidad de la comunidad también se refleja en la participación sacramental. Durante el último año se celebraron 97 bautismos, 125 confirmaciones y 126 primeras comuniones, cifras que muestran una activa presencia de niños, jóvenes y adultos en los procesos formativos.
Actualmente, entre 120 y 130 personas participan cada año en los distintos grupos de catequesis. Si bien uno de los desafíos pastorales es lograr una mayor continuidad después de la recepción de los sacramentos, la parroquia ha impulsado nuevas iniciativas para fortalecer el sentido de pertenencia.
Una de ellas fue reunir en el templo parroquial las celebraciones de primeras comuniones y confirmaciones de todas las comunidades. La experiencia resultó altamente positiva y permitió que el templo se llenara de familias, catequistas y agentes pastorales, reforzando la identidad de una sola comunidad parroquial.
Un templo que renació tras el terremoto
La historia reciente de la parroquia está marcada por uno de los momentos más difíciles que ha enfrentado la comunidad. El terremoto de 2010 destruyó completamente el antiguo templo centenario, un edificio levantado con el esfuerzo de generaciones de vecinos y que constituía un símbolo de la identidad local.
La pérdida fue dolorosa para muchas familias, que veían en ese lugar parte de su historia personal y comunitaria. Sin embargo, la comunidad no se quedó detenida en la tristeza.
Gracias al trabajo conjunto de los sacerdotes que lideraron el proceso, de las autoridades locales y de numerosos fieles, la reconstrucción avanzó hasta concretarse en 2014 con la dedicación del nuevo templo parroquial.
Hoy, la iglesia destaca por sus hermosas pinturas inspiradas en la vida de San Antonio de Padua y por un Vía Crucis basado en las reflexiones de san Juan Pablo II. A ello se suman los trabajos finales de recuperación de la casa parroquial, otro espacio fundamental para la vida pastoral de la comunidad.

